Lectura: "Crisis y revolución en Europa"

Como hace un año, os proponemos una lectura imprescindible para estas fechas. En esta ocasión, el libro Crisis y revolución en Europa, elaborado por el colectivo Observatorio Metropolitano y editado por Traficantes de sueños.

Podéis descargar el libro aquí bajo licencia de   

Aquí os reproducimos un extracto en el que se analiza con lucidez el desastre financiero de la burbuja inmobiliaria en España y sus terroríficas consecuencias:

La financiarización es siempre expansión financiera

La financiarización requiere de una permanente inyección monetaria. La principal exigencia para su correcto funcionamiento es una continua y sostenida entrada de dinero líquido. Por decirlo con un ejemplo concreto, la escalada de precios del valor de las acciones de una empresa requiere que nuevos inversores pujen al alza sobre el valor de esas acciones. Y lo mismo sucede en una burbuja inmobiliaria. En el caso del ciclo inmobiliario español de 1997-2007, la subida continua de los precios de la vivienda se mantuvo gracias a la ininterrumpida entrada de nuevos compradores que venían o bien del extranjero o bien del mercado doméstico, y que en su mayoría obtuvieron el dinero que permitió la expansión del mercado a través del recurso al crédito hipotecario.

En esta misma línea, la financiarización exige una permanente expansión horizontal de los ámbitos posibles de inversión financiera, así como una creciente expansión vertical (y temporal) de las oportunidades de negocio. El método de progresión de la expansión financiera contiene in nuce la creciente complejidad y capilaridad social de los útiles financieros. Tres décadas de desregulación financiera han hecho, en esta dirección, un trabajo extraordinario. Por un lado, las finanzas se han extendido, o han profundizado su dominio, sobre ámbitos tan dispares como la negociación de los valores futuros de las empresas, los precios de las cosechas y la financiación de los Estados. Además los mercados financieros se han convertido en un pieza determinante en el acceso a la vivienda mediante el crédito hipotecario, en el acceso a las pensiones a través de los fondos de pensiones, a la salud por medio de los seguros médicos privados y a la Universidad por intermediación de los préstamos al estudio. Por otra parte, y como veíamos antes, en muchos casos, el mismo «activo» u «obligación» —por ejemplo, el préstamo hipotecario que se concede a una familia— está sometido a una larga cadena de títulos y obligaciones financieras que permiten la compra y venta de esa misma deuda varias veces pero bajo útiles financieros diferentes. El hecho más importante aquí es, que por larga que sea esta cadena, la rentabilidad de todos los útiles financieros comprendidos en la misma depende en última instancia de que el primer prestatario cumpla con sus obligaciones. De este modo, la sofisticación de la ingeniería financiera se convierte tanto en un método de disipación de riesgos —de dudoso éxito a la vista del crash financiero de las subprime— como de contagio de los mismos.

Como se ve, una de las consecuencias más notables de la expansión financiera es que para que todo este juego de obtención de beneficios sea posible, ha sido preciso que esferas económicas y sociales que antes estaban fuera del ámbito financiero —como las pensiones, la vivienda, la sanidad, la educación— sean efectivamente financiarizadas. Normalmente esto implica la retirada del Estado o de cualquier otra forma de provisión colectiva de algunos servicios que podríamos considerar cruciales para la reproducción social, y por ende la vida. No es nada casual que el Estado de bienestar sea un obstáculo para el avance de la financiarización, y que su liquidación permita la entrada de una gran cantidad de masa monetaria que proviene de unas familias al mismo tiempo «liberadas» de la tutela estatal sobre las garantías colectivas que «obligadas» a convertirse en minicentrales de inversión y gasto para obtener esos mismos recursos que antes se obtenían de forma colectiva.

Requisito imprescindible y último de la expansión financiera es la supresión de todas las barreras a la movilidad del capital, empezando por los controles que hasta hace 25 o 30 años imponían severos límites a los inversores extranjeros, para seguir con todas las regulaciones y gravámenes fiscales a la circulación y el beneficio financiero que puedan mermar la rentabilidad del capital. Considérese por ejemplo el hecho, siempre irritante, de que en la mayor parte de los países europeos, las rentas de capital tributen, de media, menos que las rentas del trabajo y menos también que los beneficios de las empresas productivas. ¿No es esto un premio a la especulación, o peor aún, una forma de institucionalización de la especulación?

Otro extracto revelador de la financiarización de la economía y la consecuente concentración del poder en muy pocas manos:

La financiarización imprime una fuerte concentración del mando económico

El neoliberalismo triunfante, en tanto excrecencia ideológica de la financiarización, no sólo legitima la figura del inversor privado, que tiene todo el derecho a colocar sus ahorros y su dinero donde mejor le parezca a fin de obtener la máxima rentabilidad; lo que según dicen redunda en una mejor asignación económica de las inversiones. Con la figura del inversor rey se presenta una imagen por completo distorsionada de lo que son los mercados financieros. Los apologetas de la financiarización presentan los mercados financieros como una plaza pública en la que se encuentran multitud de pequeños inversores —las familias occidentales de clase media— que invierten aquí o allá según la información de que dispongan. Lo cierto, sin embargo, es que el funcionamiento de los mercados es por completo distinto.

Las plazas financieras son cualquier cosa menos ágoras democráticas donde reinan las decisiones individuales. A fin de mostrarlo de una manera gráfica: sólo una veintena de grupos financieros —entre los que se encuentran nombres tan conocidos como Black Rock, J. P. Morgan, Allianz, HSBC, Citigroup, ING, BNP Paribas, Banco Santander, etc. — gestionan una masa monetaria que es superior al PIB de EEUU. La mayor gestora financiera del mundo, Black Rock, maneja activos por un valor similar a todo lo que se produce en Alemania en un año. Y Allianz, la segunda, maneja una cartera de inversiones por un valor mayor que el PIB de la India. ¿Se puede seguir hablando de mercados financieros, al menos en el sentido en el que habla la teoría económica cuando asimila la palabra mercado con unas condiciones de competencia perfecta?

Indudablemente, el movimiento de unos pocos de estos gigantes puede arruinar economías enteras, ya sea apostando contra la moneda de un país, ya contra la deuda de su sector público, tal y como ocurre hoy en Europa. Y sin embargo, es cierto que la mayor parte del dinero que gestionan estos gigantes proviene en última instancia de los depósitos y de las inversiones de la clase media de los países desarrollados. Eso sí, su participación en la euforia financiera es muy distinta a lo que nos ofrecen los repertorios ideológicos de los propagandistas del neoliberalismo. En la realidad financiera, los pequeños
inversores, ejemplificados en las familias occidentales, delegan la mayor parte de las decisiones acerca de su dinero en los gestores de los fondos de pensiones y de inversión, que: 1) captan estos ahorros gracias a las ventajosas condiciones fiscales arrancadas a los Estados; 2) integran en su cuenta de resultados la mayor parte de los beneficios financieros a través de abultadas comisiones de gestión y de participación; y 3) delegan en las mismas familias todos los riesgos de inversión relativos a la devaluación de sus propios activos. ¡Extraña forma de capitalismo popular, dirigido, gobernado y aprovechado por un puñado de grandes bancos y gestores!

Si esta posición de oligopolio financiero se coloca en el marco de la crisis que se inicia en 2007 se puede llegar a entender todo el desarrollo posterior de los acontecimientos. Las grandes entidades de crédito fueron las principales beneficiarias del ciclo financiero-inmobiliario de los dos mil. El esfuerzo hipotecario de millones de familias estadounidenses y europeas fue provechosamente convertido en los
amplios márgenes de beneficio financiero de aquellos años. Pero cuando este esfuerzo empezó a verse imposibilitado por unos precios de la vivienda imposibles y unas condiciones hipotecarias completamente abusivas, los mencionados mecanismos de contagio extendieron primero, la amenaza de una falta de liquidez, y luego, la sombra de la insolvencia sobre el conjunto del sistema financiero. La reacción, quizás todavía confusa e incongruente para los principales amantes y defensores de la economía más ortodoxa, fue el recurso al Estado. El TARP estadounidense y los fondos de rescate europeos, dirigidos a inyectar liquidez en los bancos, emplearon cifras extraordinarias que sumaron varios billones de dólares de dinero público. Desde entonces, y pasados los primeros momentos de pánico, los grandes agentes financieros se han lanzado a la ofensiva. En 2008, y luego en 2011, encontraron oportunidades de rentabilidad muy alta y a corto plazo en los mercados de futuros de las materias primas y del petróleo.5
Provocaron así subidas espectaculares de los precios, con graves efectos económicos y sociales en muchos países, entre los que debemos mencionar —junto a otras causas— la primera gran hambruna del siglo XXI en el Cuerno de África. En cualquier caso, y especialmente para los grandes gigantes financieros del continente europeo, el principal mecanismo de recomposición de sus beneficios se ha fundado en el chantaje sobre los mismos Estados que antes habían garantizado su rescate.

Dicho de forma sencilla, la consecuencia más importante de la financiarización es que ha generado un grado de concentración del mando económico, y por ende del control político, quizás nunca antes visto en la historia.

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